Velasco dejó la Selección con la sensación de que se pudo haber logrado más

Se fue el Mundial de Italia-Bulgaria para la Selección argentina y, con él, se fue el ciclo de Julio Velasco, el entrenador más importante de la historia del vóleibol albiceleste y uno de los más destacados del deporte mundial.

Antes de que Marcelo Méndez se haga cargo de los destinos del conjunto nacional, vale un análisis para intentar comprender qué dejó el paso del destacado director técnico luego del último partido, el 1-3 (16-25, 20-25, 28-26 y 19-25) ante Francia que dejó a Argentina en el 15° puesto, la segunda peor ubicación en la historia.

Cualquier proceso provoca expectativas en su comienzo, pero la figura de Velasco lo hacía todavía más. Llegó en 2014 con pergaminos que invitaban a pensar en el salto definitivo. El DT supo convertir el talento italiano innato, que no lograba destacarse internacionalmente, en la mayor potencia mundial. Tras pasos sustancialmente más cortos y sin logros excesivamente relevantes en República Checa y España, supo pulir en Irán a una camada de jugadores que ya prometía. Le sacó el jugo, la ordenó y la instaló en la elite.

Era la gran aspiración para Argentina, un equipo que históricamente, pero todavía más durante el ciclo de Javier Weber, había entregado una certeza: que superaba a los equipos inferiores e incluso a los de la misma línea, pero no podía insertarse entre las potencias.

Estructuralmente, la presencia del profeta sirvió para que varias cosas dieran un salto de calidad. En el CeNARD, por caso, hubo mejoras sustanciales en las canchas, que se renovaron como hacía tiempo no se veía. Claro, para exigirle, había que darle las mínimas condiciones.

El primer gran paso que dio el equipo con Velasco fue demostrar condiciones como para vencer a los mejores del mundo. El principal éxito de la gestión estuvo en el oro de los Panamericanos de Toronto, en 2015, un título que no se conseguía hacía dos décadas. Sin embargo, poco después sufrió hasta un quinto set con Venezuela, que casi lo deja afuera de los Juegos Olímpicos de 2016.

Más que el quinto puesto en Río, la misma posición que en los Juegos de Atenas 2004 y Londres 2012, lo valioso fue cómo se obtuvo: ganando el grupo ante colosos como Polonia y Rusia y batallando mano a mano ante Brasil. Y en las Ligas Mundiales se vio muy poco: nunca superó el 10° puesto.

En términos de jugadores, Velasco contó con una buena camada, que no llegó a beneficiarse de juveniles. No hubo una bajada de línea para los seleccionados menores como sí se vio en procesos previos pero, aun así, los chicos lograron resultados: medalla de plata en el Mundial Sub 19 y Sub 21 de 2015 y oro en el Sub 23 de 2017.

En cuatro años, no pudo encontrar un opuesto natural e improvisó con Bruno Lima y Martín Ramos en ese rol, uno que no cumplían en sus clubes. Méndez tendrá la compleja tarea de apegarse a esa decisión o comandar el trabajo de pulir a jóvenes que todavía no tuvieron rodaje de selección mayor.

Entre los chicos que promovió, hay dos jugadores que a futuro podrían considerarse “logros” de Velasco si continúan en el buen camino: Agustín Loser (a quien llevó a este Mundial) y Jan Martínez.

En algún punto, el paso de Velasco por Argentina tiene similitudes con el de Bielsa en la Selección de fútbol. Dejó más en lo intangible, en la transmisión de sabiduría, en la exigencia y en el compromiso que en los resultados.

Dejó más en lo individual que en lo colectivo, ya que todos los jugadores -pese a que en los últimos meses, la relación se había desgastado bastante- se llevaron algo de él y personalmente lo destacan en la intimidad. Dejó una marca en sus colaboradores, que reconocen puertas adentro un gran crecimiento en sus carreras individuales gracias a los momentos compartidos con él y su forma de trabajo.

Al fin de cuentas, de todos modos, quedó la sensación de que se podía haber logrado más. Y nadie más que él, un competidor voraz, lo debe tener más que claro.